Había un hombre que nació cojo desde el vientre de su madre. Fue llevado al templo y diariamente se encontraba en la puerta para pedir dinero. El cojo tenía piernas que le salieron al nacer, pero estas piernas no caminaban. Nació con piernas, pero vivió su vida gateando y siendo cargado.

“Cuando el paralítico vio a Pedro y a Juan, que estaban a punto de entrar en el templo, les pidió una limosna. Ellos lo miraron fijamente, y Pedro le dijo: —Míranos. El hombre puso atención, creyendo que le iban a dar algo. Pero Pedro le dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” Hechos 3: 3 – 6

Cuando nos convertimos en creyentes, cuando nacimos de nuevo, Dios nos dio el Espíritu Santo como un regalo. Es como tener piernas. Pero caminar en el Espíritu Santo no viene automáticamente con el nacimiento espiritual. Así como con el nacimiento físico, no nacemos caminando. Tuvimos que aprender a caminar. Algunos tardaron más en caminar que otros. Las primeras veces fue difícil. Nos caímos. Lloramos. Dependíamos de adultos que eran buenos caminando para entrenarnos y ser pacientes con nosotros. Hoy en día, caminar es algo natural. Todos los cristianos tienen el Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo no tiene a todos los cristianos. Todos los creyentes reciben el Espíritu Santo en el momento de la salvación, pero la llenura del Espíritu Santo entra en el creyente solo al momento de la entrega.

Este cojo tenía piernas, pero sus piernas no lo sostenían. Habla de un creyente que tiene el Espíritu, pero el Espíritu Santo no hace nada en su vida. Su vida se resume en su habilidad para operar en lo natural. Hay muy poco sobrenatural en su vida, todo su trabajo es el resultado de un duro esfuerzo. No niega el Espíritu, pero vive sin depender de Él. Los resultados son mínimos. La vida es dura y a veces agotadora. Nosotros como creyentes no estamos destinados a llevar solos el peso de la vida ni sus pesadas responsabilidades. El Espíritu nos es dado para ayudarnos con la oración, con la vida, y con el ministerio. Él es capaz de quitar la carga de encima. Si no caminamos en el Espíritu, caminaremos en la carne. Trabajaremos en la carne. Correremos y nos cansaremos. Caminaremos y nos cansaremos. Nos volveremos amargados y exhaustos. Si no aprendemos a caminar en el Espíritu Santo, la vida se convierte en un yugo pesado y el ministerio en una carga difícil.

Este hombre cojo estaba sentado en lugar de cojear y rogando en vez de alabar. De hecho, lo que pedía era limosna, pero lo que necesitaba era caminar. Pedro y Juan no le dieron dinero, pero lo levantaron por el poder de Dios y comenzó a caminar. Pero incluso cuando comenzó a caminar, su condición financiera seguía siendo la misma. De hecho, sus circunstancias externas no cambiaron, pero comenzó a regocijarse, a alabar a Dios y entrar al templo. Este milagro llevó a muchos a la fe en Cristo.

Tal vez estás sentado en la puerta de tu templo en este momento, realmente buscando el poder de Dios. Me gustaría que cambiaras tú enfoque del poder de Dios a la presencia del Espíritu Santo. Ya lo tienes. Ahora necesitas caminar en el Espíritu. Ese caminar cambiará tu vida y tu ministerio. Así como Pedro y Juan le dieron una mano a un cojo, hoy en este Plan de lectura, Dios me usará para darte una mano y ayudarte a caminar en el Espíritu también.

IZAMAR REYES

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