Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido. Isaías 35:10.

Cada mañana al llegar al colegio había una alumna que me recibía con una hermosa sonrisa. Sumamente inteligente y vivaz, Andrea se había ganado el respeto de compañeros y profesores por sus excelentes calificaciones, y por su humildad cuando hablaba del tema.

Como se la veía siempre con una linda sonrisa, nadie sospechaba, ni siquiera yo (que era el capellán), los problemas terribles que estaba viviendo en su hogar. Luego de terminar una clase de Biblia, Andrea pidió hablar conmigo a solas, y ya en mi oficina, pasó a contarme parte de su historia familiar. Las lágrimas se hicieron presentes rápidamente, y esa sonrisa a la que yo estaba acostumbrado se esfumó mientras hablaba.

Nunca hubiera pensado que ella tenía problemas serios. Al expresarle mi asombro, respondió: «No me gusta que me vean mal. Quiero ser una persona alegre, y eso intento transmitir; pero a veces los problemas me superan y son más fuertes que yo, y entonces necesito desahogarme con otra persona. Gracias por escucharme».

Vivimos en un mundo que no transmite alegría ni paz. Los medios de comunicación y la sociedad en general expresan odio, envidia, amargura y enojo de diferentes maneras, y esto a veces parece contagioso. Si prestas atención, en los supermercados, en los ómnibus urbanos y en la misma calle, verás cientos de rostros con el ceño fruncido, personas enojadas o afligidas que deambulan por el mundo como esperando algo mejor. ¡Pobre gente! ¡Si conocieran cuan cerca está el remedio para su dolor!

Nadie está libre de situaciones tristes y desafortunadas, pero esas situaciones no deben quitarnos la alegría de vivir. Andrea tenía motivos suficientes para vivir amargada y triste, sin embargo, transmitía un mensaje diferente con su rostro, no por despreocupada, sino porque tenía a Jesús en su corazón. El Dios del cielo desea darnos desde ahora el don de la alegría, porque este don, bien utilizado, es una poderosa herramienta para atraer almas a los pies del Señor.

Si hoy estás viviendo algún problema que te quita la paz, recurre a Jesús para que te dé las fuerzas que necesitas. Y recuerda: llegará el día cuando «la tristeza y el gemido» desaparecerán para siempre y viviremos con Jesús con «gozo perpetuo» en nuestro corazón.

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